Se me antoja saltarme las ideas que se alborotan para definir mi custodia. Es el peor momento cuando las voces se levantan ferozmente en un círculo de hipocresía, desdichadas de perfección. Todos grandes, anchos, largos. Unas especies uniformadas que conspiran para que mi tren salga a tiempo, en forma predeterminada. Se juntan en cada puerta para discutir el método de mi metamorfosis. Tengo pocos recuerdos de mis primeros años aquí, pero puedo armar las ideas que descubrí en los laberintos divagados. Solía dibujarlas debajo de la cama, en un tapiz eléctrico que se conectaba a varias telepatías del salón. Unas compañeras eran sordas, sólo me hablaban de sus travesías polémicas, mientras que otras eran productoras de mi imaginación, con una sutil facilidad me atraían en sus viajes mostrándome mi potencial aventurero; casi lo logran.
Pude ser alguien más, tenía las herramientas, conocía los atajos, y muchas veces me entregaron en el jardín la llave maestra. Poseía la confianza, la caridad y la inteligencia para compilar experiencias misteriosas. Nunca me atreví a entrar en esa caja paradisíaca, me bastaba con escuchar las historias, esconder las teorías y sentir una conexión por mi otra vida.
Sigo siendo inexplicable, loca de mi mente, fugitiva en el corazón y cotidiana en la doctrina. Con disciplina me mantengo fiel a la institución, continúo corrigiendo mis desvíos y escondiendo las solturas de las demás. Pero la adrenalina es sabrosa, es tan poderosa que no necesita derrumbar paredes si las puede traspasar. Podría rebelarme, soltarme en un unicornio dorado para alcanzar las montañas sentadas en campos de espinas. Un día encontraré un empujón.
Pronto saldría para incorporarme a otro mundo menos estrecho pero igual de determinante. El tramité para todas mis excursiones es cada segundo, permitiendo que los paradigmas de mi vida se discutan en una mesa paradójicamente redonda. Es confuso porque las conversaciones parecen civilizadas cuando las propuestas encajan perfectamente en cada atmosfera de la vida ajena. Los escucho y no entiendo; sospecho que un día tendré que desvanecerme frente al progreso inmóvil.
Hoy tengo frio en el alma, mientras que mi cuerpo está indolente. Estoy curando las escenas que se desfasan del guión social, al tiempo que las conecto a mi mundo controversial. Quizá no pueda volar, pero puedo crearles transparencias a mis representaciones para que viajen conmigo; por lo menos para no sentir tanta frustración. Todavía escucho muchas opiniones, lo que me impulsa a correr una película de cine mudo por mis venas. Antes de este viaje, cargué explosivos en mi chaleco, están al tope de reproches, estoy segura que si el tren se dispara a la voluntad de los demás, mis latas van explotar sin pena por nadie.
Ese antojo que traigo por saltarme las ideas no creo que me dure mucho tiempo.
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