
PARTE I
A partir de las doce del día, cuando la cortina se mueve más despacio que los pendientes, como si no existiera más problema que la belleza de los días, es tiempo de hablar con él. Torcer las ideas, manejar la cuchara sobre la gelatina, viajar sobre los hitos de las mariposas que son extrañas representaciones que nos hacen proceder. Es un cómodo proscenio que suelta diálogos listos para incorporarlos.
Una mujer que poco tiene para especular, adopta circunstancias aparentemente planeadas pero que al final, son simples olajes del destino. Probablemente estas designaciones constan de previas decisiones que conllevan a los personajes internos y externos a elegir, siendo responsables de sus actos, errores o bondades. Sin embargo, el destino está compuesto por dos vertientes, la que supone el camino equívoco, el cual no se toma, y el acertado, que se debe seguir. Esto no quiere decir que el acertado sea el positivo y viceversa, sino que la atmósfera iluminó un sendero. Se debe tomar uno, porque el cuerpo humano es incapaz de dividirse; en caso de requerirlo, adquiere la opción negada para difundirla en su imaginación. Por tanto, ella se apoya en la sinuosidad de las coyunturas. No hay más qué decir.
Ahora que el día se transforma de dorado a naranja, hasta culminar en gris, la mujer arrastra sus pies al vestidor, matiza sentimientos, coloca sobre sus hombros un vestido azul y se dispone a buscarlo...