miércoles, 28 de abril de 2010

Je ne sais quoi

Mi príncipe azul tiene un
je ne sais quoi



El rubio puede desaparecer junto con su caballo blanco y las botas azules. En estos días me simpatiza el cobrizo, la inteligencia y el je ne sais quoi de un hombre (atributo más excitante que el abdomen y la cara de un Ken boy). Es una lucha contra los mensajes publicitarios, y no es que me resista a los encantos del espectáculo, sino que en mi lenguaje racional, no dominarían ni uno de mis estímulos. Es más la pasión por una cualidad intangible, que la perfección de diálogo, maquillaje y arte.


El error sería determinar que este activo impalpable es sinónimo de fealdad, o ausencia de; sonaría conformista, y para mi psicóloga, un asunto realista. Una opción es que la profesional esté en lo correcto cuando insiste en que mi percepción de la pareja se fundamenta en la determinación de Walt D. Por mi parte, al creer que la atracción inexplicable es superior a la de un cuento de hadas, la hipótesis anterior sufriría un colapso cuando se refiere al amor ideal como utópico. En cambio, la otra opción es torturarme por las terapias pagadas y las ilusiones destrozadas. Sin embargo, esta segunda expectativa se basa en la teoría de que alternativo no es lo mismo que no apetecido y viceversa. Apuesto por la virtud del hombre ideal, pero el que no se explica, no se cataloga y ni se sueña, aparece así nada más, con una pasión interminable y un amor inexplicable. Es cuando dejas de enjuiciar y despintas tus manías, para matizarlas de deseo puro. Esta reacción explica la perseverancia por continuar con la búsqueda del verdadero amor.


Sí hay felicidad en la soledad, sí hay plenitud, pero existe un je ne sais quoi que un je ne sais qui te transmite. Cuando se superan las tendencias superficiales, una verdadera química entre dos cuerpos que se desean agita la interacción, la hace seductora y maravillosamente vulnerable. Fuera de nuestras tendencias psiquiatritas, valdría aceptarnos humanamente locos para viajar en un manantial de sentimientos.


Sencillamente me enamoré cuando no lo pensé, me acerqué cuando no caminé, me entregué cuando no me visualicé; sólo me deslicé para permitirle a mis dimensiones que se acomodaran. En este instante de acoplamiento, mis intuiciones se desaparecieron y mis decisiones murieron. Entre los pequeños espacios, más recónditos y más importantes, mi alma brilló, se diluyó entre mis venas, lo que mantuvo informado a mi corazón y éste se vislumbró feliz. Así conocí un je ne sais quoi, en un alternativo príncipe azul. Difícil de explicárselo, pero de serlo, él sabrá a la perfección entregármelo de nuevo. Sigo creyendo infinitamente en el amor y que mi hombre estará ahí.