martes, 21 de junio de 2011

Una charla con Jesus Christ


Me siento atraída por su atinada sabrosura, a veces me asombra con movimientos bruscos, pero otros días me regala sabores más interesantes y delicados. De un año a otro, la vida cambia cuando recorremos callejones atrevidos pero seguros, mientras que abandonamos calles transitadas y aburridas. No es que dejemos la adolescencia temeraria por la madurez cansada, al contrario, aprendemos a dar pasos más estudiados. La experiencia es el regalo más trascendente que nos teje el cielo, aunque parece que no todos sabemos abrirlo, nos gusta más presumirlo que curiosearlo.

Esa buena tarde de naturaleza cálida, acepté la invitación del señor, me atreví a sacar la botella de whisky, quizá creyó que me quise ver mayor, pero yo pensé que él mejor que nadie sabría deleitar gotas doradas. Sólo pretendía relajar mi mente para parecer reflexiva ante sus ideas. Con el cabello suelto, evaporé mis tendencias mesuradas que suelen interferir cuando tomo la píldora de estímulos extrañamente planteados. Todo cerebro tiene varios mundos, los utilizamos según su atmósfera o los escondemos conforme a los prejuicios. El superior tiene tanta sabiduría que nunca consigo transformarla en sueños, porque el máximo nivel al que un humano llega es el intento; es tanta la inteligencia que nuestras imágenes requieren más de una vida para fructificarla. Pero, por más trabajo que cueste, el instinto por aprender está dispuesto a establecerse en cualquier conocimiento.

Ese día, mi cuerpo estaba envuelto en sábanas transparentes, que se comportaron muy amables con mi piel. No me quejé del viento ni sentí dolor por la verdad. Él suele jugar con nuestros destinos y nosotros seguimos sin comprender su lógica. La única palabra que utilizamos es locura, siendo incapaces de involucrarnos a su libreto, salvo con anfetaminas. Comenzó a contarme su último sueño…

Me gustó su primera locación, la cabaña en la montaña, con bastante olor a madera y las luces de atardecer. Entonces imaginas el ruido entre los pinos simulando el agua correr. A minutos de caer la noche, dibujó unos zombies, había que matarlos con escopetas o espadas. Dos opciones y nunca me decidí cuál era más impresionante. Me causan mucha gracia esos monstruos, son un espejo distorsionado con maquillaje Mac y ropa Cavalli, la puritita cotidianeidad, lo mismo que hojear la revista Vogue. El segundo personaje se hizo pasar por un caballo chaparro, pero nunca pony, creo que me quiso decir que si no es negro, tampoco tiene que ser blanco. Invirtió en un río muy tranquilo que llegaba a la ciudad. Para no aburrirme, trazó con una ventana donde se asomaba el fantasma de una mujer, con un vestido victoriano azul. Resultó que esa mujer tenía una hija divina de 1 o 2 años. ¡Bingo!, coincidimos en la imagen divina, después de tres tragos las representaciones se van independizando; ya comprendí que los sueños no son una demencia, sino un sinónimo de guiones cinematográficos. Siguió su historia en un set de equipos electrónicos, con todo y vendedores, entonces ya supuse que hablábamos el mismo idioma. Al principio me costó trabajo entenderlo, pero después me acostumbré a sus variaciones entre llegadas y salidas de los personajes.

Sólo hubo un momento en que no percibí por qué me invitó a sentarme y me envolvió en su ficción. Algo quería, pero nunca me reveló para qué me necesitaba ahí. De pronto, dice que me vio, me tomó de la cintura, y… desaparecí. Con eso tuve para creerme de nuevo involucrada, tampoco debo ser la protagonista. Siguió con los actores, renombró a la pequeña, y su hermana, nunca me explicó cómo llegó un familiar, ni se lo cuestioné. La cuestión del drama era entregarle a la pequeña, había que regresar a la cabaña antes de que el río creciera, pero era justo el momento cuando se descubriría quién era el fantasma que se delineaba en la ventana. Pero qué coincidencias del tiempo “real” y el sueño que se disparan en el mismo segundo y despiertas con un ruido del exterior. A veces espero en mis sueños una llamada, y me despierta el teléfono.

No me dijo el final, ni me propuso transcribir códigos, sólo me enseñó que en lugar de creer tener la razón, hay que tener la sensación de que hay algo más, aunque no lo sepamos definir. La vida tangible tiene los mismos contextos paradisiacos, con transiciones incomprensibles que nos hacen flotar en la corriente humana. De vez en cuando es bueno salirse de la rutina y platicar con seres interesantes, llenos de intuición distinta a la propia para que nos ayuden a fortalecer la falta de aceptación a otras realidades.

Me terminé el líquido, sonreí y me despedí. Todos los días ansío volver a sentarme a su lado y escucharlo, dejaré que el destino me lo delinee.u

Tranvía social

Se me antoja saltarme las ideas que se alborotan para definir mi custodia. Es el peor momento cuando las voces se levantan ferozmente en un círculo de hipocresía, desdichadas de perfección. Todos grandes, anchos, largos. Unas especies uniformadas que conspiran para que mi tren salga a tiempo, en forma predeterminada. Se juntan en cada puerta para discutir el método de mi metamorfosis.

Tengo pocos recuerdos de mis primeros años aquí, pero puedo armar las ideas que descubrí en los laberintos divagados. Solía dibujarlas debajo de la cama, en un tapiz eléctrico que se conectaba a varias telepatías del salón. Unas compañeras eran sordas, sólo me hablaban de sus travesías polémicas, mientras que otras eran productoras de mi imaginación, con una sutil facilidad me atraían en sus viajes mostrándome mi potencial aventurero; casi lo logran.

Pude ser alguien más, tenía las herramientas, conocía los atajos, y muchas veces me entregaron en el jardín la llave maestra. Poseía la confianza, la caridad y la inteligencia para compilar experiencias misteriosas. Nunca me atreví a entrar en esa caja paradisíaca, me bastaba con escuchar las historias, esconder las teorías y sentir una conexión por mi otra vida.

Sigo siendo inexplicable, loca de mi mente, fugitiva en el corazón y cotidiana en la doctrina. Con disciplina me mantengo fiel a la institución, continúo corrigiendo mis desvíos y escondiendo las solturas de las demás. Pero la adrenalina es sabrosa, es tan poderosa que no necesita derrumbar paredes si las puede traspasar. Podría rebelarme, soltarme en un unicornio dorado para alcanzar las montañas sentadas en campos de espinas. Un día encontraré un empujón.

Pronto saldría para incorporarme a otro mundo menos estrecho pero igual de determinante. El tramité para todas mis excursiones es cada segundo, permitiendo que los paradigmas de mi vida se discutan en una mesa paradójicamente redonda. Es confuso porque las conversaciones parecen civilizadas cuando las propuestas encajan perfectamente en cada atmosfera de la vida ajena. Los escucho y no entiendo; sospecho que un día tendré que desvanecerme frente al progreso inmóvil.

Hoy tengo frio en el alma, mientras que mi cuerpo está indolente. Estoy curando las escenas que se desfasan del guión social, al tiempo que las conecto a mi mundo controversial. Quizá no pueda volar, pero puedo crearles transparencias a mis representaciones para que viajen conmigo; por lo menos para no sentir tanta frustración. Todavía escucho muchas opiniones, lo que me impulsa a correr una película de cine mudo por mis venas. Antes de este viaje, cargué explosivos en mi chaleco, están al tope de reproches, estoy segura que si el tren se dispara a la voluntad de los demás, mis latas van explotar sin pena por nadie.

Ese antojo que traigo por saltarme las ideas no creo que me dure mucho tiempo.

El auténtico fin del mundo


Para acabarse este mundo, todas las paredes tienen que derrumbarse, y todas las lámparas deberán apagarse. Puede pasar en un segundo, o tardarse millones de semanas en lo que cada mano baja el switch.

En un día decisivo, los automóviles van a recorrer millares de kilómetros para rencontrar parejas, mientras que en las calles las personas tomarán objetos ajenos con una libertad ingénita. Los reos saldrán por la puerta grande tropezándose con doberman que se escapan de sus jaulas. Un día antes del fin del mundo, la humanidad se saciará de los siete pecados capitales, al mismo tiempo que ganaran la guerra los que apostaron por el apocalipsis. En las iglesias habrá sobrepoblación de nuevos feligreses., esos que muy deep inside creían en Dios, pero que lo imaginaban en una onda más hippie.

Dominamos el up and down, black and white, open and close del método principio –final, sólo que dedicamos horas de clase, notas en los medios y borracheras con los amigos debatiendo el tipo de desenlace que nos tocará ver. Las dos teorías sobresalientes se resumen en dos sucesos: un cambio de sistema o un Armageddon. Los mayas, las guerras, el sobrecalentamiento global, los tsunamis, la caída del muro de Berlín, las revoluciones, o modestamente, la muerte de cada individuo. Se contempla la historia, la geografía, la lógica, la sociología, la biología y hasta la religión, pero todos twiteando la idea que nada es eterno. ¿Pero qué haremos si el dato de tiempo y el espacio donde rescindirá no es exacto?, ¿para qué crear una psicosis? Parece que tenemos mucha prisa por que se acabe el mundo, creyéndoos expertos en la interpretación de símbolos y encontrar los cuatro jinetes, en vez de reconocer el verdadero desastre que hemos causado desde que pisamos tierra.

No estaría mal pensar que el verdadero fuego que se cruzará en el cielo, serán los coronas de los castillos en las fiestas de la virgen, las chispas saldrán del torito, y el fin se dará cuando un civil alcance la cima del palo encebado. Las trompetas se refieren al mariachi en el kiosko, las siete copas serán las que alcancen de la botella, y las prostitutas una realidad en San Juan de Dios. Ya no estamos en épocas de Poncio Pilato para satanizar cada entorno sociocultural. El apocalipsis puede ser una de las características fundamentales de la vida, y mientras sigamos vivos, se estará dilucidando.

No sé si sea cierto o falso el aparente final; además, aún no nos convencemos de que todos nuestros antepasados se han cuestionando lo mismo, porque estamos muy involucrados en una fábula que esperamos sea comprobada. Por lo pronto, es importante no subestimar el efecto que provoca sobre las acciones y pensamientos de las personas, que van desde un suicidio hasta una orgía, con tal de no ser víctimas de la tragedia. Tales reacciones se derivan quizá de términos existenciales y frustraciones personales, ¿nos preocupa que no hayamos vivido lo suficiente?

Esperamos de la vida un montón de experiencias apasionantes, y queremos agilizar el proceso cuando creemos que puede haber un límite de tiempo que no nos permita alcanzar plenitud. Solemos planear toda esta locura, en lugar de comenzar la satisfacción con anticipación para saborear cada etapa sin prisas. Creo el tiempo que tardó en formarse la Tierra, será el mismo tiempo de su desintegración; la salida no es tan fácil, y se pierde más tiempo en discutir que en caminar para encontrarla. Puede ser que nos toque una última fase dolorosa, pero aun con la maldad que generamos, la Tierra sigue regalándonos portentos de su cuerpo, aunque sea por migajas. Al parecer vida nos queda, no podemos huir sin antes aprovechar sus atardeceres, sus eclipses, sus flores, su agua, sus montañas.

Los deleites de la vida se generan de energía en las celebraciones, con la educación, en el amor, al ritmo de la música, gracias a la meditación, en armonía y justo en el momento en que el corazón está latiendo. No encuentro idea más lógica que creer que por su naturaleza, el ser humano desea vivir intensamente y pone de pretexto que el tiempo se va. De nada sirven las imágenes de zombis, si os zombis somos todos viviendo una rutina. ¡A trabajar en una teoría más convincente!

¿Cuánta energía puedes dedicarle a una persona?


Para todo manifiestas la regla del sentimiento, la idea excéntrica del método involuntario, como un asunto del santo destino. Me enamoré sin pensarlo, me equivoqué sin desearlo, y te olvidé sin darme cuenta. Un miedo para cuestionarse las razones, que prefieres disfrutar las variaciones que se atraviesan en el abdomen cada vez que das un beso enamorado.

Una dosis del primer beso, tan provocativa, tan poderosa, tan capaz de dejarte ahí capturado en la exaltación del deseo eterno. El impulso para perseguir el amor. Ahí no surgen las relaciones, lo que se engendra es la idea para perseguir una conexión. A veces sucede que un encuentro subsiste sólo en eso, mas que en la consumación de una relación, en una definición corporal; quizá por eso no siempre la sentimos, y a lo mejor por eso no distinguimos entre sentir al amor de tu vida en un beso, o buscar un beso en el amor de tu vida. Aunque aparezcas en un empíreo de paredes volátiles, las ansias te mantienen firme, y aun en una ceguera emocional, te enganchas en imágenes cálidas junto a destellos de susurros amorosos. Llegas a casa soñando cómo pasó, qué detalles dijo, cómo empezó, qué sentiste. Los días pasan, sigues recordando, y a la vez difuminando los cuadros. Los choques cargan atisbos mientras que el corazón lucha por acordarse y revivirlo; es tan intenso que cada segundo van muriendo ledes de significados. La frecuencia disminuye, pero cuando la densidad está muy baja, otra aproximación se encarga de emitir un alto destello que revive la derrota. Vuelves a sentirlo pero no comprendes por cuánto tiempo, no sabes si la vida seguirá a ese ritmo, o ahí terminará la emoción. La encrucijada entre seguir ese vínculo o dejarlo doblegar en el aire; ¿cuánta energía puedes dedicarle a una persona?

Aparentemente, la espontaneidad de los sentidos no es suficiente para delimitar la seducción, hay cuestiones que regulan la búsqueda y le dan tiempo para cumplirse. En ocasiones es un poco complicado permanecer sobrios por periodos tan largos, entonces comienzan a surgir ansias hacía la otra persona, e incluso se acelera la travesía de seguir así o cruzar un paso importante hacia la relación. Pareciera que la progresión dramática tiene prisa en mostrar su clímax, pero de ser así, la trama puede abordar una inconfundible imagen de cotidianeidad, no necesariamente negativa, porque la porción de fogosidad puede disminuir si ya no se consiguen las burbujas que halagan en un beso primerizo y a la vez eterno. El desenlace podría tener una caída peligrosa.

¿Qué viene de los primeros encuentros? ¿Funcionará una relación? ¿Habrá tiempo y espacio para conquistar otro beso? Lo más importante de una vibración tan extraña que sienten los enamorados, es dejarla que circule por la venas, esperar para que se contengan en el infinito, que es la única emoción que nos hace sonreír.

Perseguimos el amor para siempre, monógamo; no sabemos si en él habrá amor sincero y excitación permanente. Mejor cambiemos la velocidad, o evaluemos si estamos dispuestos a seguir esperando la dimensión del primer beso. La regla del sentimiento está implícita en los deseos, habrá que escucharla, porque es cierto que el enamoramiento es más intenso que la persistencia.