
Mi vida está en el segundo trayecto
A veces tengo la sensación que los años no cambian, y me imagino que los ancianos nunca cederán su lugar, ni los niños van a crecer. Como si mi mamá hubiera sido siempre adulta. Pero entonces no concibo cuándo crecí.
De repente, los celulares caben en mis pantalones, las barbies están guardadas, y pasamos más horas en el volante del coche. Los aparatos han multiplicado sus funciones, al mismo tiempo que las confusiones se han ido expandiendo. Desde el kínder aprendemos las vocales, los colores y manipulamos palito y bolita… (Y con el tiempo parece que lo perfeccionamos (¡)). Pero al terminar la universidad, ya tenemos una mezcla de teorías, lenguajes, colores, disciplinas, destrezas, competencias o experiencias canalizadas en el cerebro, que con la madurez que requiere la dinámica, debemos estipularlas para no pedir ayuda en la construcción de ideas. No es falta de memoria la que necesitamos, es sólo una prueba de complejidad. Como la diferencia entre subrayar sujeto y predicado, o entregar un ensayo sobre la representación de la mujer en el cine a partir de los años 60. Ni más complicado, ni más sencillo, es sólo la relatividad que no debe irse en automático. Nuestras aventuras ya requieren mayor atención.
Hay rebeldías en las que reclamas tu opinión en la toma de decisiones, y más tarde, indagas si la negación de madurez por parte de tus padres sí debe estar vigente; porque aún con años cumplidos, la mente parece desequilibrarse. Es como vivir más rápido pero pensar más lento. Vas comprendiendo que no comprendes, aunque desees averiguarlo. No existen muchos segundos para recapacitar, y tal vez por eso no nos damos cuenta de las transformaciones del entorno. La retroalimentación es extensa, las decisiones amorosas y profesionales se conmutan de un año a otro. Son saberes, derrotas, retos, logros, temores y personas que vamos conociendo y por ende, lo clasificamos en una lógica que se inmiscuye sigilosamente en nuestro instintivo.
Suelo recordar cuando de pequeña me corté mi manita con un vidrio. El llanto era profundo y corrí hacía mi papá para que me curara con un abrazo. Dieciocho años después, quisiera repetir la historia para contarle a mi papá que me ha regresado el dolor, y tantas veces que no quisiera doblarme. Sólo que ahora el llanto se viste diferente, y tengo que resolverlo sola.
Nos permitimos recordar pero hay qué seguir. El tiempo no pasa, sólo se transforma; es una materia de ocurrencias. Las puertas están abiertas para pintarse, desteñirse de los días borrosos., depurar las advertencias. Es un camino doblemente trazado. Que si no sabes a dónde te lleva, ya sabías que ahí irías, pero al cruzarlo no reconoces sus vertientes. Es una ironía no darse cuenta del paso del tiempo, pero sí atreverse a soñarlo. Por sorpresa, veinte años más adelante, estaré reconociendo los destellos de mi juventud, y con melancolía describiré mis manías de no querer crecer.
El mundo está girando.
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