miércoles, 20 de octubre de 2010

¿Qué tan importante es refrescar la conquista?


Quizá un deseo de pertenencia se asocia con el reconocimiento. Nunca he comprendido la insistencia de las representaciones los lunes en el patio del colegio, frente a la bandera nacional, ni el significado de memorizar las frases de los héroes mexicanos (y queriendo olvidar a Laura Bozzo al decir que Pedro Infante era uno de ellos… (¡)). Sobre todo si es posible que la historia haya sido “levemente” innovada para su comprensión.

Aún así, rememorar a México como un país que se mantuvo constante en la lucha contra la conquista, o cualquier absurda alteración a su origen; y más prudente aceptar que los líderes contemporáneos aún luchan contra un poder que indiscutiblemente aplastará a las minorías inermes, resulta satisfactorio e impulsa el sentimiento de pertenencia. Es sólo un vago cumplido al hecho, una aceptación, y en un caso más profundo, un agradecimiento por cambiar la historia que comúnmente es juzgada como injusta. Y ese es el significado de solemnizar. No basta con aceptarlo.

Eso pensaba mientras me sentía un poco abandonada. La tarde de ayer, como un domingo cualquiera, pasaba iluminada y muy tranquila. No llovió, pero se me soltaron con granizos las ideas cuando comprendí que ya no vivías a mi lado. Tan bonito un día, tan libre que no lo podría disfrutar. Y encima de todo, mis convicciones por luchar no habían sido conmemoradas.

Cuando me siento distraída, suelo pensar cómo puedo ejemplificar mis teorías tan simples, e inquietamente obsesivas, con datos más exactos y trascendentes. Por aquello de que las mujeres somos complicadas. Todo mi mundo mental suele ser tan irónico. Qué incoherencia creer que una derrota de guerra es tan drástica como mis sometimientos románticos. Pero con la intención de disfrazar mi lado patético, asumo que es más que indispensable palpar, desempolvar y refrescar las peculiaridades de un asunto, y más arriba, las de un ser humano. Si no hay asombro por lo maravilloso, hemos educado los ojos del alma y del cerebro a la mediocridad. He aquí mi fatalidad en los desastres sentimentales.

La industria requiere de incentivos para potencializar el desempeño de un trabajador (tomando en cuenta algo más que el dinero), la nación, aunque parezca superfluo, busca su sentido de pertenencia en líderes históricos o contemporáneos para seguir luchando y creer en lo que conforma su territorio. Por tanto, no habrá humano que no capturé zalamerías, halagos o un parabién que motive sus impulsos de mejora. Quizá por eso las estupideces que uno piensa, dejan de serlo por el mismo contexto que insiste en lo relativo de las ideas. ¿Qué tiene de pobre el rico, y qué tiene de rico el pobre?

Pasan las noches, y me convenzo de que hay mucho qué pensar, creer y vivir. Al imaginar con estupefacción las líneas que contornan la vida, los colores que la visten y las melodías que la encaminan, es absurdo creer que me detenga en los conflictos amorosos, y contradicciones políticas. Pero de esos disparates está mezclado mi universo. Provocaré oraciones para que mi mente se concentre en destellos de belleza y no en inquietantes ideas de hundimiento.

Bueno resulta refrescar la conquista en los amantes, los héroes y los qué los levantan, pero más intenso será la admiración personal. Un cambio por la misma vida que por quienes sólo la contemplan.

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