Después de intensas expectativas, el sol se mete de una manera incomprensible. A pesar de las probabilidades, los segundos son perfectamente taxativos cuando tardaste 36 días en suponer el resultado de la noche, y fugazmente todo cambió. No cabe duda que me complacería bastante regir y profetizar los caminos de mi vida, sin que las horas estuvieran tan cargadas de suspenso.
De saber que nunca llegarás, no te esperaría con un vestido nuevo, alborotada y mordiéndome las uñas. Si me aseverarías que me harías feliz, intentaría doblarte la felicidad. Con la certeza de que encontraré a alguien más, no sufriría por ti, porque mis capítulos opacarían la tristeza que me ocasiona el miedo.
Y entonces cada segundo lo pinto de olvido, lo endurezco de inventiva, para suponer que conozco lo que pasa con mi vida. Cimiento en mi mente mareas de incertidumbre para que truenen en rocas de confianza. Intento convencerme que el desasosiego traerá mayores ventajas, en lugar de intentar construir un mundo perfecto, seguro y predecible. Ahora que no puedo hacer nada, me convenzo de que lo estoy logrando. No aseguro, tampoco confío, sólo espero. Porque la vida es eternamente bella cuando nos entrega sorpresas amables; que cuando crees que todo se había acabo y apenas comienzas a vivir, tienes el regalo de lo inesperado, de los segundos de vida que se convierten en minutos, horas, dias, meses y años.
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